La aldea perdida
La aldea perdida ¡SÃ, ella era! ¡Cuánto tiempo, cuánta astucia, cuánta saliva habÃan gastado para averiguar aquel secreto sin conseguirlo! Y ahora se les venÃa á las manos cuando menos lo imaginaban. HabÃan sido de los primeros en sospechar que Demetria no era hija del tÃo Goro y la tÃa Felicia. Éstos tenÃan efectivamente una niña de pocos meses que estuvo á punto de morir de un ataque de epilepsia. La ofrecieron al Cristo de Candás y se salvó. Y como la fiesta de esta veneranda imagen se efectuaba en aquellos mismos dÃas, la llevaron á allá. Cuando volvieron observaron los vecinos que la niña no parecÃa la misma, pues si bien en el tamaño no se diferenciaba gran cosa, estaba mucho menos adelantada, como si en vez de tener tres meses fuese sólo nacida de algunos dÃas. Nadie, sin embargo, osó formular ninguna sospecha de sustitución hasta que Regalado pudo observar que entre D. Félix y el tÃo Goro mediaba alguna relación oculta. Una vez les vió hablar con animación y en voz baja en el pórtico de la iglesia, callándose inmediatamente cuando él se aproximó. En otra ocasión, al pasar por delante del dormitorio de su señor, observó que éste conversaba también en secreto con el tÃo Goro; escuchó un momento y pudo convencerse de que D. Félix le entregaba dinero. Nació en su mente la idea de que la niña Demetria era hija de su señor: se lo comunicó á su esposa en secreto: ésta, con igual reserva, lo puso en conocimiento de una de las comadres más adictas á su persona. En poco tiempo y en reserva se lo comunicaron unos á otros los vecinos de la parroquia y vino á saberse en toda ella.