La aldea perdida
La aldea perdida —Gracias, Nolo; sobre eso mismo te venimos á hablar —manifestó Celso.
—Bien está; ¿pero no será mejor que antes bebamos unos vasos de sidra y os refresquéis un poco?
Los enviados cedieron con gratitud. Nolo entró en la cocina de su casa y salió con algunas tajuelas. Sobre ellas se acomodaron los viajeros á la sombra del árbol. No tardó en llegar la tÃa Agustina con un jarro de sidra.
—Madre, tráiganos usted también pan y queso y algunos chorizos, porque éstos son amigos á quienes yo estimo por encima de todos los del llano.
La tÃa Agustina los saludó cariñosamente. Cediendo á las instancias de su hijo, se presentó inmediatamente con un enorme pan de escanda tan oscuro como sabroso, y poco después un queso fresco y chorizos, fabricado todo de sus manos.
Cuando hubieron comido y bebido según su apetito, Quino, el más prudente y el más ingenioso de los hijos de Laviana, tomó la palabra y dijo: