La aldea perdida
La aldea perdida Los enviados rodearon la huerta y desembocaron en una espaciosa corralada abierta delante de las tres casas. En medio de ella, en mangas de camisa y con la cabeza descubierta, estaba Nolo partiendo leña. Al sentir el ruido de los pasos enderezó el cuerpo, se apoyó con una mano sobre el hacha y los miró sorprendido. Era un mozo de veintidós años, de elevada estatura y gallarda presencia, la tez blanca, las facciones correctas, los cabellos negros y ensortijados, los ojos grandes y negros también y de un mirar franco no exento de fiereza. Por debajo de la abierta camisa se veÃa un pecho levantado de atleta. Los brazos, redondos y vigorosos, acusando tanta flexibilidad como fuerza. Su actitud noble y tranquila, su belleza imponente traÃan al recuerdo la imagen del dios Apolo cuando desterrado del Olimpo sirvió de pastor en casa de Admeto, rey de Tesalia.
—Bien venidos seáis, amigos. ¿Qué os trae por estos sitios tan altos? —dijo, y arrimando el hacha al copudo castaño debajo del cual trabajaba vino hacia ellos y les apretó la mano.
—¿El gusto de verte no vale la pena de subir tan alto? —respondió Celso.
—No en verdad, sobre todo con tanto calor —replicó Nolo. —Pero de todos modos, bien venidos seáis, os digo, porque aunque un poco enfadado con los de Entralgo, á vosotros os estimo como á mis vecinos.