La aldea perdida
La aldea perdida —Arriba está —dijo con voz apenas perceptible. Repentinamente se habÃa quedado ronca.
—Llámela usted.
—Demetria, baja —quiso gritar la pobre mujer. Pero su voz salió tan débil que apenas pudo llegar arriba.
Sin embargo, Demetria, que habÃa oÃdo rumor de conversación, bajaba ya la escalera. Al ver una señora se detuvo sorprendida.
Hubo unos momentos de silencio. Aquellas tres personas se miraron sin despegar los labios. Al cabo Felicia con voz temblorosa dijo:
—Demetria, acércate… Esta señora viene á buscarte… Lo que te han dicho era la verdad… Aquà tienes á tu madre; yo no lo soy…
Al pronunciar las últimas palabras estalló la pobre mujer en sollozos y ocultó el rostro entre las manos. El de Demetria se cubrió también de palidez y miró de frente á la dama con ojos donde no se leÃa el amor filial.
—Acércate, niña, acércate —profirió D.ª Beatriz dulcificando su voz. —Yo soy tu madre… Las circunstancias han hecho que hasta ahora no haya podido darte el nombre de hija; pero Dios no ha querido que muera privada de ese placer… Acércate, hija mÃa.
Demetria bajó todas las escaleras y se aproximó á la señora.