La aldea perdida
La aldea perdida D.ª Beatriz se dirigió á la casa señalada. El tÃo Goro ya habÃa entrado en el establo. Acercóse á la puerta, que como de costumbre en el campo estaba abierta, y manifestó su presencia con el saludo tradicional, exclamando en alta voz:
—¡Ave MarÃa PurÃsima!
—Sin pecado concebida —respondió desde arriba Felicia bajando acto continuo.
Al encontrarse enfrente de la dama fué grande su sorpresa.
—¿Me conoce usted? —preguntó D.ª Beatriz con lacónica severidad.
El semblante de Felicia se cubrió de intensa palidez.
—Sà señora, la conozco.
No la habÃa visto más que una sola vez en su vida y apenas habÃa tenido tiempo para grabar sus facciones en la memoria. Pero ahora más que la memoria se lo decÃa el corazón.
—Me sorprende y me alegro de que usted me reconozca. No quise que nadie me acompañase desde Entralgo. Cuanta menos gente se entere, mejor. Ya adivinará usted á lo que vengo…
Felicia la miró con intensa atención sin despegar los labios.
—Vengo por Demetria… ¿Dónde está?
Felicia se puso todavÃa más pálida.