La aldea perdida
La aldea perdida La cuesta de Canzana es agria. La dama, sometida desde hacÃa largos años á una clausura casi completa, la sube con trabajo. A menudo se detiene y derrama una mirada por el valle que se extiende á sus pies. No su incomparable hermosura la cautiva, no la brisa matinal suave y fragante la embriaga. Una arruga profunda surca su frente, signo de intensa preocupación, de temor y de anhelo. Su faz, ordinariamente blanca, se tiñe ahora de carmÃn por la fatiga.
Cuando menos lo esperaba, en una de las revueltas del retorcido camino se encontró con las primeras casas de la aldea.
—¿Conoces á un hombre que se llama Gregorio? —preguntó á un niño que jugaba en la calle.
El niño la miró con asombro y no respondió.
—Vamos, dÃ, ¿conoces á un hombre que se llama Gregorio, que tiene por mujer á una que se llama Felicia? —volvió á preguntar con impaciencia.
El mismo asombro y el mismo silencio por parte del chico.
Pero una mujer que estaba en un corredor tendiendo ropa y habÃa oÃdo la última pregunta, respondió por él.
—SÃ, señora, sÃ; el tÃo Goro y la tÃa Felicia viven en aquella casa que tiene un árbol grande delante. Vea usted; ahora sale el tÃo Goro con un jarro á ordeñar.