La aldea perdida
La aldea perdida Mientras en casa del tÃo Goro se celebraba la conferencia que iba á decidir de su suerte, Demetria caminaba á paso lento hacia la fuente. Antes de llegar tropezó con su Ãntima amiga Telva, que ya volvÃa con la herrada llena sobre la cabeza. Algo extraño debió de observar aquella zagala en el rostro de la hija del tÃo Goro.
—¿Qué te pasa, Demetria? Parece que vienes descolorida.
—Nada me pasa —respondió la joven con un acento que demostraba bien claro todo lo contrario.
—SÃ; algo te pasa. DÃmelo, niña. ¿No te he contado yo siempre mis secretos?
La tomó de la mano y la miró con ojos escrutadores. Demetria bajó la cabeza y permaneció silenciosa.
—Vamos, dÃ, niña —repitió la zagala sacudiéndole la mano.
—Ya lo sabrás, Telva. Ahora no puede ser —profirió Demetria sordamente. —Pronto, pronto lo sabrás… Lo único que puedo decirte —añadió después de una pausa— es que en este momento me alegrarÃa de estar cuidando cabras en los montes de Raigoso y no bajar jamás al llano.