La aldea perdida
La aldea perdida Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. Y sin decir otra palabra se apartó con presteza, prosiguiendo su camino. Telva, asombrada, la siguió unos instantes con la vista: luego se encaminó hacia el pueblo atormentada por la curiosidad. Justamente cuando pasaba por delante de la casa del tÃo Goro salÃa éste y su esposa acompañando á una señora. Telva se dirigió resueltamente á ellos y los saludó.
—¿Han tenido ustedes alguna desgracia, tÃa Felicia? —preguntó viendo á ésta con los ojos hinchados de llorar.
—¡Para mà bastante desgracia, Telva! —exclamó la buena mujer rompiendo de nuevo á sollozar. —Demetria se nos va…
—¿Pues?
Felicia guardó silencio. Pero el prudente Goro le habló de esta manera: