La aldea perdida

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Hay que saber que á ésta le parecía aquel noviazgo cosa ridícula como á todo el mundo, porque aparte la espantable fealdad de Maripepa, su hijo contaba quince años menos; pero tal idea tenía de su juicio y de su gusto que todo era de temer, y vivía sobresaltada desde que á Regalado se le había metido en el magín casarlo con la coja.

Maripepa se había puesto colorada, porque en el fondo no le parecía mal para marido aquel joven derrengado. Bartolo dejaba escapar gruñidos de disgusto. Cuanto venía de la boca de Regalado le parecía execrable. El coro reía.

—No sé por qué se enoja la tía Jeroma —repuso el mayordomo. —¿Tiene algo que decir de la novia? ¿No es limpia?, ¿no es honrada?, ¿no tiene manos de oro para el trabajo?

—Tendrá todo eso y mucho más; yo nunca se lo he negado; pero ella se está bien en su casa y mi Bartolo en la suya. Nada se deben y por lo tanto nada tienen que pagarse.

—¡Ya lo pienso yo que nada se deben! —exclamó desde un rincón la severa Pacha. —Mi hermana no debe nada á nadie; y si tratara de buscar mozo, mejor que ése encontraría.


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