La aldea perdida
La aldea perdida Paisanos y mineros celebraron con grandes carcajadas la ocurrencia del borracho. Éste, animado por los aplausos, se arrojó de golpe á abrazar á Martinán y lo alzó del suelo y lo sacó por la abertura del mostrador donde se hallaban los parroquianos. Mas antes que llegasen al centro de la taberna tropezó y ambos dieron con sus cuerpos en el suelo. Gran risa y algazara entre los tertulios.
—¡Eso!, ¡eso! Retoza, grandÃsimo holgazán, comedor. Toda la tarde roncando y ahora en vez de ordeñar las vacas, de jarana —dijo una vocecita aguda.
Quien proferÃa estas ásperas razones era la avinagrada esposa del tabernero, una mujerzuela bajita, menuda, rugosa, de frente ceñuda y ojos pequeños y fieros.
Martinán se levantó del suelo riendo.
—Bendito sea tu pico, palomita —exclamó dirigiéndose á su mujer. —Nada dices, mi alma, que no esté puesto en razón. Ahora mismito voy á ordeñar. Eladia, enciende el farol.
—Vamos, déjate de palabras necias y arrea.
—¡Que viva, eh! —decÃa Martinán guiñando el ojo á los tertulios. —¡Vaya una mujercita despachada! Os digo en conciencia que es una bendición de Dios tener una mujer que todo lo vea en la casa, que todo lo arregle y que de vez en cuando le arree á uno cuando se haga tumbón. Ven acá, Clavel, no te marches sin darme un abrazo, que lo necesito como los chotos la teta.