La aldea perdida
La aldea perdida Entrando en el terreno filosófico, que era su fuerte, Martinán se hallaba en el colmo de la alegría. Entablóse una acalorada disputa. El dialéctico tabernero llevó, como es natural, la mejor parte. Al cabo deshizo, pulverizó á su adversario. Por medio de una habilísima treta dialéctica le demostró también que si todos los hombres tenían algo común con los animales, él (Plutón) guardaba más relación con el asno que otro alguno. Como hubo murmullos de aprobación y risa comprimida, el minero quedó fuertemente desabrido. Martinán, una vez derrotado su adversario, ya no se acordó más de él y se mezcló á otro grupo buscando nuevo contendiente.
—¿Por qué no sangras á ese cerdo? —dijo Joyana al oído á su amigo.
Plutón guardó silencio. Se escanció dos copas de aguardiente y se las vertió en el estómago una tras otra. Luego se alzó del asiento y se acercó con indiferencia al grupo en que se hallaba Martinán.
—¡Jesús! —exclamó éste poniéndose pálido. —¡Me han herido!
Se llevó ambas manos á la cintura, vaciló un instante y cayó desplomado.
—¡Tú le has herido, Plutón! —exclamaron varios encarándose con el feroz minero.
—¡Yo! —profirió éste fingiendo con admirable serenidad la sorpresa.