La aldea perdida

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—¡Cielos, el dorio! —dijo uno. —¡El ingenioso hidalgo! —manifestó otro. —¡El enemigo de Pericles! —apuntó un tercero.

Y todos se guiñan el ojo con maliciosa alegría y se prometen un sainete divertido para fin de la fiesta.

Mientras tanto el señor de las Matas avanzaba al paso lento, majestuoso de su rocín. Cuando estuvo cerca de la reunión se llevó la mano al sombrero y les hizo un gentil saludo, mezcla de la exquisita urbanidad de la corte de Luis XIV con la afable gravedad de los tiempos heroicos de la Grecia. Aquellos bárbaros no comprendieron su delicadeza y les produjo risa. D. César hizo un signo imperativo á Regalado para que se acercase.

—¿Qué noticias hay de los señores? —le preguntó.

Regalado, que estaba alegrísimo y tenía en el cuerpo una razonable cantidad de sidra, quiso poner la cara triste de repente; pero no resultó más que una mueca odiosa, inadmisible, que no podía convencer á nadie.

—Muy malas, D. César, muy malas. La señorita se ha puesto tan grave que mi amo no ha querido que muriese en Málaga y la ha traído á Oviedo. Allí están desde hace seis días, según creo. Se espera de un momento á otro una desgracia.

D. César se llevó la mano á la frente con abatimiento y al cabo de unos instantes de silencio exclamó:


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