La aldea perdida
La aldea perdida —¡Asà es la vida Regalado, asà es la vida! ¡Oh raza de mortales! Miserable generación de un dÃa, hijos del acaso y la fatiga. Razón tenÃa el sabio Sileno. «Lo mejor para vosotros en primer lugar es no haber nacido: en segundo lugar morir pronto».
Regalado no estaba tan desengañado de la existencia, pero quiso mostrarse amable y elevó los ojos al cielo en señal de asentimiento. El hidalgo apretó de nuevo las riendas y trató de dar la vuelta á su casa, pues no á otra cosa habÃa venido que á saber noticias de su primo y sobrina. Pero los alegres conspicuos que veÃan frustrada su esperanza no lo consintieron. Cinco ó seis manos acudieron solÃcitas á tener al rocÃn por el freno y más de veinte bocas comenzaron á instar á D. César para que se apease un momento. HÃzolo asà al cabo por no desmentir su proverbial cortesanÃa, pero se mostró grave y reservado. Como esto no convenÃa á los amigos, hicieron esfuerzos por tirarle de la lengua. Nada consiguieron en un principio. Al cabo unos cuantos vasitos de vino traidoramente administrados lograron su propósito.