La aldea perdida
La aldea perdida En ocasiones, cuando algún caballero de la Pola venÃa á visitarle, repentinamente comenzaba á dar furiosos paseos en su presencia, y parándose de improviso y señalando con extravÃo á las paredes y al techo de la estancia exclamaba:
—¿Ve usted este salón? ¡Pues los pájaros no tardarán mucho tiempo en anidar aquÃ!
Es de advertir que tal idea extraña le perseguÃa sin cesar. ¿Por qué sentÃa tanto horror á que los pájaros anidasen en su domicilio? Supuesto que estos animalitos á todos parecen bellos é inofensivos, ¿por qué el capitán se fijaba en ellos en sus vaticinios sombrÃos y no se acordaba de los ratones, de las arañas ó de las cucarachas, animales más feos y temerosos? Imposible serÃa explicar este fenómeno si no se conociese el antiguo y profundo resentimiento que D. Félix guardaba hacia los gorriones, los cuales todos los años le comÃan la simiente de las coles. HabÃa vestido un maniquà con frac y tricornio para espantarlos; pero estos desvergonzados volátiles se posaron á su lado sin temor alguno, comieron tranquilamente la semilla y llevaron su osadÃa hasta picotear el tricornio del maniquÃ. Tal desprecio habÃa llegado á lo más vivo á D. Félix. Desde entonces les declaró guerra á muerte y los perseguÃa cruelmente á tiros cargando con mostacilla un enorme fusil de chispa que procedÃa de la guerra de la Independencia.