La aldea perdida
La aldea perdida Por espacio de tres ó cuatro dÃas sólo con D. Prisco cambió algunas palabras. Pero su temperamento vivo y locuaz no tardó en levantar la cabeza. Comenzó á departir con la gente y á mezclarse entre los grupos de aldeanos buscando conversación. Algunos dÃas montaba á caballo y se iba á la Pola y allà visitaba á los amigos y conversaba con ellos largamente. Mas á pesar de esta nueva explosión de vida, el hidalgo descaecÃa visiblemente; su espalda se doblaba, sus mejillas se hundÃan, sus ojos iban perdiendo el brillo. Hasta en su locuacidad extraordinaria habÃa algo de anormal que inquietaba á los conocidos. El tema de su conversación casi siempre era el mismo, á saber, el ningún deseo que tenÃa ya de aumentar su riqueza, ni aun de cuidar de su hacienda. Llegaba un paisano y le proponÃa la compra de algún trozo de terreno. D. Félix se ponÃa encrespado como si le hiciese alguna ofensa.
—Ven acá, necio, ¿para qué quiero yo ahora tierras ni prados? ¿No sabes que ya no tengo á quién dejarlos? ¿No sabes que esta misma casa se halla destinada á servir de nido á los pájaros?
Y tanto se exaltaba que el campesino marchaba haciendo cruces y decÃa á sus amigos que el capitán no estaba enteramente bueno de la cabeza.