La aldea perdida
La aldea perdida No era cierto. Faltaban aún más de quince dÃas para pensar en la siega; pero D.ª Robustiana no vaciló en mentir con tal de facilitar el viaje de su protegida.
Llegó Flora. El capitán la recibió con afabilidad, pero sin gran calor. En los dÃas siguientes, aunque se mostraba atento con ella, no buscaba su conversación como otras veces; antes huÃa de las ocasiones de hablarla en particular. La zagala no pudo menos de sentir tal frialdad, y un dÃa con lágrimas en los ojos le dijo á D.ª Robustiana que se iba, que su presencia en la casa no era grata al amo. La mayordoma trató al instante de disuadirla.
—¡Eres tonta, rapaza! ¿No comprendes que el amo está bajo el peso de una desgracia, que para él se ha concluÃdo el mundo, que todo lo ve ahora negro? Deja que trascurra el tiempo y ya verás cómo todo vuelve á su ser, cómo al cabo se irá calmando su pena y serás para él lo que siempre fuiste. No te apures ni te disgustes, querida mÃa, pues el mismo amo fué quien envió á llamarte.