La aldea perdida

La aldea perdida

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Trascurrieron bastantes días. Flora no pareció por Entralgo. Sin duda la repulsa sufrida la había herido y no quería exponerse á otra. Un día que D. Félix después de comer se hallaba de mejor humor y departía amigablemente con los mayordomos debajo del corredor emparrado, D.ª Robustiana se aventuró á decirle:

—Mañana es día de amasijo, señor, y además tengo que colar la ropa de dos semanas… ¿Quiere que mande un aviso á Flora para que venga á ayudarme?

Los ojos del capitán se oscurecieron, fruncióse su frente y dijo sordamente:

—No hay necesidad de avisar á nadie… Arréglate con las criadas como has hecho otras veces.

D.ª Robustiana quedó confusa y triste. No volvió ya á mentarle el nombre de su gentil amiguita.

Pero á los pocos días el mismo D. Félix se acercó á ella y rápidamente y en voz baja, como si la vergüenza le embarazase, dijo:

—Cuando quieras puedes avisar á Flora… Acaso la necesitemos… porque la faena de la yerba va á comenzar pronto…

El ama de gobierno vió el cielo abierto.

—Sí señor, sí; va á comenzar pronto… ¡Ya lo creo que comenzará!… ¡Como que el tiempo se echa encima de un modo!…


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