La aldea perdida
La aldea perdida Cuando se vió lejos de las iras de su amo, sin dejar de exhalar gemidos lastimeros tuvo espacio para reflexionar. ¡Aquello era muy extraño!, ¡mucho! ¿Por qué tal cólera insensata? Ni cuando se comió el arroz con leche que D.ª Robustiana tenÃa destinado al marqués de Cotorraso, un dÃa que éste le visitó, ni cuando mordió los zapatos morados de su ilustrÃsima el obispo de Oviedo, que vino á girar la visita pastoral á Laviana y alojó en su casa, le vió tan descompuesto. ¡Cosa más extraña! TalÃn comenzó á sospechar que allà existÃa un gran secreto de familia. No sabÃa qué era, pero lo habÃa, ¡vaya si lo habÃa! En su consecuencia determinó acomodarse mejor al giro de los sucesos, capear el temporal y ver en qué paraba aquello. Desde entonces no sólo prescindió de todo gruñido irrespetuoso con Flora, sino que procuró, sin arrastrar su dignidad por los suelos, con algunos adecuados meneos de rabo, hacer olvidar su desmán.