La aldea perdida
La aldea perdida El capitán, por su parte, en cuanto vió al perro fuera del alcance del palo corrió hacia Flora, la llevó al gabinete de su hija MarÃa, llamó á gritos á D.ª Robustiana y mientras ésta llegaba él mismo le lavó la herida. Se hizo traer hilas, extendió un ungüento que para casos análogos poseÃa, lo puso sobre la herida y ciñó la mano con un pañolito de seda; todo con tanta habilidad y delicado esmero que parecÃa un cirujano y una madre cariñosa al mismo tiempo. Después de un rato le dijo á Regalado, no sin cierta vergüenza que se le traslucÃa en la voz:
—Hoy tienes que ir á la Pola, ¿verdad?
—Sà señor, á entablar la demanda de reconocimiento del foro de Piñeres.
—Pues si ves á D. Nicolás explÃcale lo que ha pasado y dÃle que me alegrarÃa de que diese esta tarde una vuelta por aquÃ.
El mayordomo quedó petrificado. ¡Llamar al médico para una sencilla mordedura de perro! «¡Esto marcha viento en popa!», le dijo á su mujer. D.ª Robustiana sonrió con perspicacia.