La aldea perdida

La aldea perdida

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—Que no turbe, hija mía, la alegría de este momento un pensamiento de dolor. Ya sé que mantienes amores hace tiempo con un muchacho de Fresnedo. Pues bien, no temas que al darte mi nombre y mi fortuna arranque tus ilusiones y contraríe las inclinaciones de tu corazón. Cásate con quien mejor te plazca; cásate con un aldeano; yo me alegro de ello… Sí, me alegro —añadió en voz más alta— porque quiero que se oree esta casa… ¡Basta de tísicos!… Quiero que corra por mi descendencia sangre nueva y generosa; quiero morir rodeado de niños frescos, sonrosados.

Flora, embargada por la emoción, se apoderó de una mano de su padre y la besó.

—¡Basta, basta ya! —exclamó éste. —Ahora vamos á comer.

Se limpiaron de nuevo los ojos y salieron del gabinete. Justamente en aquel momento llegaba D.ª Robustinana diciendo en alta voz:

—Señor, señor, que la sopa ya está fría.

Al verlos cogidos de la mano y con los ojos enrojecidos quedó sorprendida.

—Robustiana, aquí tienes á mi hija —manifestó el capitán presentándola.

La mayordoma pasó instantáneamente de la sorpresa á la alegría.

—¡Oh, señor, todos lo sabíamos!… y todos ansiábamos que llegase pronto este momento.


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