La aldea perdida
La aldea perdida Luego abrazó y besó á Flora con entusiasmo y la felicitó de todo corazón.
—Que sea por muchos años. Dios y la Virgen del Carmen le dé, señor, larga vida para gozar el cariño de una hija tan buena y tan hermosa.
Asà pasaron al comedor llevando á Flora en el medio. Una vez allÃ, se dibujó en los labios del ama de gobierno una sonrisa maliciosa y profirió dirigiéndose á Flora:
—Siéntese, señorita; siéntese frente á su padre.
Flora se dejó caer en sus brazos ruborizada.
—¡Oh, por Dios, no me hable usted asÃ!
