La aldea perdida
La aldea perdida Y cuando menos lo pensaba se encontró de nuevo frente á la severa y heráldica casa de Moscoso. Acababa de oscurecer y empezaban á encender los faroles. DiscurrÃa alguna gente, no mucha, por aquella calle apartada del centro. Nolo, fingiendo ser un mozo que torna alegre de la feria, pasó por delante de la casa entonando en alta voz este cantar, que hemos repetido alguna vez cuantos nacimos en el valle de Laviana:
Dicen que tus manos pinchan,
para mà son amorosas.
También los rosales pican
y de ellos nacen las rosas.
No llores, niña,
no llores, no;
no llores, niña,
que aquà estoy yo.
Se detuvo en la esquina, aguardó algunos momentos y al cabo repitió en voz más alta el estribillo:
No llores, niña,
no llores, no;
no llores, niña,
que aquà estoy yo.
Chirrió un balcón; se asomó una cabeza.