La aldea perdida
La aldea perdida —¡Nolo!
—¡Demetria!
—Da la vuelta á la esquina y arrÃmate á esa ventana de rejas.
El joven hizo como se le mandó. Entró en la estrecha callejuela y se acercó á la ventana. Un minuto después una linda frente coronada de cabellos rubios se apoyaba en la reja.
—¿Cómo estás aqu�
—He venido á la feria para mercar una yegua.
—¡Qué salto me dió el corazón cuando oà tu voz! TemÃa engañarme. Por esa aguardé á que cantases otra vez, pero te habÃa oÃdo muy bien la primera. ¿Y cómo han quedado todos allá arriba?
—Buenos y recordándote sin cesar… ¡No sabes cuánto llora la tÃa Felicia!
—¡No será más que yo! —exclamó sordamente la joven.
Hubo algunos momentos de silencio.
—¿Cuándo piensas marcharte?
—Mañana bien temprano.
—¿Y te ibas sin darme aviso de que estabas aqu�
Nolo vaciló y dijo sonriendo melancólicamente:
—Pensaba que no te importarÃa mucho el verme.
—¿Y por qué pensabas eso? —preguntó con inocencia Demetria.