La aldea perdida
La aldea perdida El semblante de la joven se oscureció.
—¡Calla!, ¡calla! No hables de eso.
Llegaron por fin á las primeras casas de Canzana. ¡Cómo le latÃa el corazón á Demetria! Se acercaron á la del tÃo Goro. Éste se hallaba ya en el establo ordeñando. Nolo le llamó desde la puerta. El hombre más sabio de Canzana quedó altamente sorprendido de verle en aquella hora por allÃ. Mas cuando salió y se encontró frente á Demetria de aquel modo ataviada se puso densamente pálido y dejó caer al suelo el jarro con la leche. Demetria le abrazó sollozando. Pocas explicaciones bastaron para darle cuenta de la escapatoria. El tÃo Goro se vió tan perplejo en aquella ocasión que á pesar de su reconocida profundidad no supo decir una palabra y se contentó con llorar como cualquier ignorante.
Era necesario prevenir á Felicia que aún dormÃa. El tÃo Goro subió las escaleras y la llamó diciéndole que se vistiese de prisa, que la necesitaba. Pero Demetria no esperó á que bajase: en cuanto oyó sus pasos en la sala sin poder contenerse subió la escalera gritando:
—¡Madre!, ¡madre!
La buena mujer cayó en sus brazos.
—¡Madre!, ¡madre!, ¡madre! ¡Ya estoy aquÃ! ¡Madre!, ¡madre!, ¡madre!