La aldea perdida
La aldea perdida Demetria abrazada á ella repetÃa con frenesà este sagrado nombre como si quisiera indemnizarla del tiempo en que no habÃa podido dárselo. ManolÃn y PepÃn saltaron de la cama en camisa y se abrazaron á sus faldas gritando de alegrÃa. Demetria los cogió al fin y elevándolos del suelo los besó con arrebato infinitas veces. Dejándolos luego exclamó:
—¡Traedme mi vestido! ¡Traedme mi dengue, mi saya de estameña, mis corales!… ¡No quiero más estos trapos!
Y con tal Ãmpetu comenzó á despojarse de su rico traje que en vez de quitárselo lo desgarraba. La seda crujÃa entre sus dedos robustos de paisana. Al cabo entró en su cuarto y pocos instantes después salió vestida de aldeana. Nolo sintió latir su corazón con violencia y un rayo de alegrÃa iluminó su semblante. La tÃa Felicia, sofocada por el llanto, no supo más que exclamar:
—¡Cuánto más hermosa estás asÃ!, mi reitana.
Pero el tÃo Goro supo al fin encontrar en lo recóndito de su cerebro una sentencia adecuada.
—La verdadera hermosura, Felicia, no está en el cuerpo, sino en el alma.