La aldea perdida
La aldea perdida —Me tienes miedo, ¿verdad?… Pues dentro de poco llorarás por mÃ, pichona. Te parezco feo, ¿verdad? Pues no tardarás en besar esta cara tan fea y tan negra. Y no temerás mancharte acercando á ella la tuya, blanca como la leche y suave como la manteca. Ya verás cómo debajo de esta capa de carbón hay un hombre que sabe tratar como se merecen á las niñas bonitas…
Aquà Plutón soltó una formidable carcajada. Su triunfo le embriagaba. Demetria estaba muda.
—¿Quién te habÃa de decir, hermosa, cuando arrastrabas hace poco la cola por Oviedo, que tan pronto habÃas de llegar á pedir perdón á este pobre minero y á besarle los pies?… Porque has de besármelos, ¿sabes? De otra suerte no saldrás más de aquÃ. No quisiste ser señorita, preferiste ser aldeana. No te aplaudo el gusto y menos que lo hayas hecho por amor á ese zote de Villoria. Pero no creas que me opongo á que te cases con él. Sigue tu camino. Lo único que quiero es que ántes me pagues el portazgo…
Volvió á soltar Plutón otra satánica carcajada, enteramente seguro de que Demetria sucumbirÃa á su deseo.