La aldea perdida
La aldea perdida —Vamos, ven acá, cacho de cielo… Algo bueno nos habÃa de tocar una vez siquiera á estos pobres que nos pasamos la vida dentro de la tierra como los topos comiendo y respirando carbón… ¿Tú no sabes, palomita, que estoy envenenado desde que te robé aquellos besos junto al rÃo? ¿Tú no sabes que me he pasado muchas noches en vela pensando en ti? ¿No sabes que aquà dentro del pecho todo el gas que tenÃa se ha inflamado de pronto y estoy ardiendo en vida por ti?… ¡Ven acá, rosa temprana!… ¡ven, cerecita dulce!
Plutón avanzó unos pasos con los brazos extendidos. Demetria, cuyos ojos se habÃan acostumbrado ya á la oscuridad, le vió venir y retrocedió por la galerÃa.
—¡No te acerques, granuja, malvado!
—¡Qué!, ¿nos hacemos remolones? De nada te valdrá, princesa —dijo el monstruo. —Escucha, Demetria. Has caÃdo en una ratonera. En esta galerÃa nadie trabajará ni nadie pasará hasta que yo abra otra chimenea, y tardaré lo menos quince dÃas. ¡Figúrate si hay tiempo para que se pudra ese cuerpecito amasado con rosas y leche! Gritarás y no te oirán; tratarás de salir y te extraviarás cada vez más, porque no conoces ni los pisos ni las galerÃas y marcharás á oscuras… AsÃ, pues, allánate á ser un poco dulce, ó me marcho y te dejo aquà sepultada en vida…