La aldea perdida
La aldea perdida —¿No acabas de decirme que volviese en seguida? Pues ya estoy aquÃ… ¡Abre! —profirió el mozo irritado.
—Aguarda un momento —respondió ella con acento de mal humor.
Se echó sus pobres vestidos encima, encendió el candil y abrió la puerta.
—¿No me has dicho hace un momento que tenÃas que hablarme? ¡DÃ!
—¡Ya no me acordaba, rapaz!… No era más que una chanza… —respondió ella, humilde al ver el rostro contraÃdo del mancebo.
—¿Cómo chanza? —exclamó él rebosando ya de cólera. —Esto no es asunto de chanza. Demetria ha desaparecido y tú debes de saber algo de ella. ¡Dà lo que sepas ahora mismo!
—No sé de ella ni la he visto hace tres dÃas —respondió la Pura con voz temblorosa.
—¿Entonces por qué me has mandado venir?
—Ya te he dicho que era una chanza.
El rostro del mozo se contrajo aún más terriblemente. Clavó una larga mirada amenazadora en Pepa que abatió la suya al suelo. Luego, encogiéndose de hombros, dijo sordamente:
—Está bien… Desde aquà voy á la Pola á despertar al señor juez para que envÃe por ti… Ya dirás en la cárcel lo que sabes.