La aldea perdida
La aldea perdida Asà estaban las cosas cuando una tarde Flora pasó recado á Demetria para que bajase á Entralgo y le hiciese merced de acompañarla á la Pola, donde tenÃa que comprar algunos objetos. Era un pretexto que la traviesa zagala tomaba para distraer á su amiga. Obedeció ésta sin gusto, sólo por complacer á la que tantas pruebas le habÃa dado siempre de cariño. Cuando regresaron á casa iba á comenzar el crepúsculo. Detuviéronse orilla del rÃo en un paraje sombreado de avellanos, donde se tomaba la barca, y esperaron que ésta volviese de la otra orilla. De improviso se presentó en aquel sitio Nolo, que también querÃa atravesar el rÃo. Al verlas se inmutó visiblemente, se puso colorado hasta las orejas y vaciló en dar la vuelta ó quedarse. Al fin se quedó y pronunció las buenas tardes. En aquel momento llegaba el barquero. Flora sintió que la cólera le subÃa á la garganta y dijo en voz baja á su amiga:
—Voy á hablar á este mequetrefe… Verás cómo le ajusto las cuentas.
Pero Demetria, que tenÃa el rostro demudado, la retuvo con fuerza de la mano.
—¡Déjame á mÃ!