La aldea perdida
La aldea perdida Flora cedió de buen grado. Saltaron los tres á la barca y aquélla fué á situarse en la proa para dejar solos á los novios. Nolo hubiera querido quedarse en tierra, hubiera querido ir también á la proa, hubiera querido que la barca se hundiese; todo menos quedarse mano á mano con Demetria. Pero no hubo remedio. El barquero en pie empujaba la barca por medio de la maroma tendida de una á otra orilla.
Demetria clavó sus ojos grandes, lÃmpidos, inocentes en Nolo y le dijo:
—¿Qué tienes conmigo, Nolo? ¿Te he hecho algo malo?
El mozo, turbado hasta lo indecible y sin osar mirarla á la cara, balbució:
—Nada me has hecho, Demetria… pero hay cosas… hay cosas…
—¿Qué cosas?, ¡dÃ! —articuló impetuosamente la zagala.
—Corren por el valle unos rumores…
—Dà cuáles son. ¡DÃlo pronto!
Nolo vaciló; movió los labios repetidas veces sin articular ninguna palabra. Luego profirió rápidamente:
—Se dice que no has caÃdo á la mina; que Plutón te ha llevado engañada y que allà hizo contigo cuanto quiso.
—¿Y tú lo crees?