La aldea perdida
La aldea perdida El mozo guardó silencio.
—Pues bien, yo te juro que eso no es cierto. Plutón no me ha llevado engañada: me caí yo y él me sostuvo, pero en vez de sacarme bajó conmigo por la chimenea. Dentro de la mina quiso aprovecharse, pero le salió caro, porque le di con la hoz en la cabeza y le tumbé en el suelo… Creí que le había matado; escapé por la mina y me perdí…
Nolo guardó silencio unos momentos; luego dijo:
—¿Y por qué no has hablado así cuando saliste de la mina?
—Te he dicho que pensé haberlo muerto. Temía que me llevasen presa…
Nolo, cejijunto, sombrío, se obstinó en callar. Demetria le miró largamente.
—¿De modo que no me crees?
—¡No! ¡No te creo, Demetria! —manifestó impetuosamente el joven.
El rostro de la doncella se cubrió de intensa palidez. Permaneció algunos instantes inmóvil y muda. Luego dijo con voz enronquecida:
—Pues bien, Nolo, mi vida dará testimonio de la verdad que te he dicho. Adiós.