La aldea perdida
La aldea perdida 
La envidia de los dioses
OY á terminar. La tarde declina y mi mano cansada se niega á sostener la pluma. ¡Oh valle de Laviana!, ¡oh rÃos cristalinos!, ¡oh verdes prados y espesos castañares! ¡Cuánto os he amado! Que vuestra brisa perfumada acaricie un instante mi frente, que el eco misterioso de vuestra voz suene todavÃa en mis oÃdos, que vuelva á ver ante mis ojos las figuras radiosas de aquellos seres que compartieron las alegrÃas de mi infancia. Voy á daros el beso de despedida y lanzaros al torbellino del mundo. Mi pecho se oprime, mi mano tiembla. Una voz secreta me dice que jamás debierais salir del recinto de mi corazón.
Era llegada de nuevo la fiesta de Nuestra Señora del Carmen. Dos dÃas antes se habÃa celebrado en la pequeña iglesia de Entralgo la unión de Jacinto y Flora, de Nolo y Demetria. Con tan fausto motivo el capitán invitó el dÃa de la romerÃa á todos los próceres de la Pola y á algunos también de Langreo. Debajo de los manzanos frondosos de la pomarada se colocaron varias mesas. El número de convidados, entre indÃgenas y forasteros, pasaba de ciento. Para proveer al banquete se mataron algunos corderos y muchos pollos y gallinas, se cazaron algunas docenas de perdices y se pescaron salmones y truchas en abundancia.
