La aldea perdida
La aldea perdida ¿Y el capitán? Quien le viera en aquel dÃa moverse de un lado á otro como si estuviese atacado de la tarántula, reir, beber y bromear, apenas pudiera reconocerle. ParecÃa cosa de magia la trasformación que en poco más de dos meses se habÃa operado en aquel caballero. Estaba tan alegre que abrazaba, á cuantos venÃan á felicitarle, sin exceptuar el ingeniero de Madrid y el quÃmico belga. Y es fama que cuando éste se acercó á él le dijo en voz baja: «Monsieur, tienen ustedes razón: hay que extraer la riqueza que se halla oculta en este valle. Yo no la necesito ya, pero pronto he de tener nietos y quiero dejarlos bien acomodados. Cuenten ustedes con mi dinero para cualquier empresa lucrativa». Por supuesto que nadie tomó en serio tales palabras y las achacaron al mareo del vino.
Hubo brindis en prosa y en verso, discursos y epitalamios; se rió, se cantó y se disparató. Un soplo de alegrÃa desenfrenada corrÃa por la pomarada levantando todas las cabezas, enronqueciendo todas las gargantas. Tan sólo el señor de las Matas de ArbÃn se mostraba taciturno y reservado. Allá en el extremo de una mesa, á solas con una botella de jerez, libaba el néctar andaluz pausadamente sin tomar parte en la algazara. Hasta creyeron ver algunos que una lágrima se deslizaba de sus ojos y caÃa sobre la mesa.