La aldea perdida
La aldea perdida —Miren ustedes el dorio —exclamó el troglodita don Casiano. —¡Pues no está llorando! En mi vida he visto un hombre más gracioso.
El alcalde, Antero y otros varios se acercaron á él.
—¿Qué es eso, D. César? ¿Cómo estamos tan melancólicos en momento como éste?
D. César se llevó la mano á la frente con abatimiento y exclamó con voz temblorosa:
—Señores mÃos, dispensadme. La alegrÃa desenfrenada que en torno mÃo contemplo me causa sobresalto. La excesiva prosperidad en los humanos rebaja la dignidad de los inmortales. Nuestra felicidad, aunque sea merecida, parece que les humilla y apenas nacida se disponen á acabar con ella. Perdonad, señores mÃos… En este momento no puedo sentirme alegre porque temo, en verdad, la envidia de los dioses.
Una carcajada estrepitosa acogió tan severas palabras. ¡Imposible, imposible encontrar en el mundo un hombre más chistoso que el dorio!