La aldea perdida
La aldea perdida Cerca de ellas, sentadas en el suelo, habÃa un corro de cuatro mujerucas, las cuales cuchicheaban desaforadamente, dirigiendo miradas penetrantes á todos lados. Eran las sabias del lugar. La tÃa Jeroma, madre de nuestro diputado Bartolo; la tÃa BrÃgida, su prima hermana y madre del prudente Quino; Elisa, joven de veinticinco años, recién casada, con temperamento y aficiones de vieja, y que por tenerlas todas hasta fumaba como ellas cigarrillos envueltos en hojas de maÃz; por último, la vieja Rosenda, una mujer que vivÃa sola en un hórreo[2] y que algunos tenÃan por bruja. Todas las vidas, todos los sucesos hasta los más Ãnfimos de la parroquia pasaban uno á uno por el tamiz de aquel corro y salÃan desmenuzados y cribados, reducidos casi al estado atómico. Varias veces habÃan entornado la vista hacia nuestras zagalas, y después de hablarse al oÃdo sonreÃan con malicia. Al fin la vieja Rosenda les dirigió la palabra.
—¡Flora!
—¿Qué decÃa usted tÃa Rosenda?, respondió aquélla volviéndose con la presteza que la caracterizaba.
—Digo que es gusto ver cómo las zagalillas que se parecen se juntan y se quieren.
—¿Y en qué nos parecemos, tÃa Rosenda? —preguntó Flora con tonillo sarcástico.