La aldea perdida
La aldea perdida —¡Anda! Si no os parecéis en la cara, os parecéis en la historia.
La graciosa morenita hizo un gesto desdeñoso y se volvió hacia su amiga sin dignarse responder.
—¿Qué dice esa bruja? —le preguntó aquélla.
—Que nos parecemos en la historia.
—¿Y por qué dice eso?
—¡Qué sé yo! —replicó con enfado Flora.
El corro de mujerucas, mientras tanto, reÃa.
D. Félix, que habÃa entrado en su casa y habÃa salido rápidamente con dos envoltorios de papel en las manos, se acercó á las jóvenes en aquel momento.
—Vengo á ofreceros estos cartuchitos de caramelos y lo hago con cierto temor, porque no estoy seguro de que os gusten. ¡Es tan raro que á las niñas les agraden los dulces!
Flora y Demetria tomaron riendo los cucuruchos que les ofrecÃa el capitán y le dieron las gracias.
D. Félix las contempló un instante con admiración y exclamó sacudiendo la cabeza:
—¡Qué hermosas sois, hijas mÃas!, ¡qué hermosas sois! ¡Quién se volviera á los veinte años!
Las doncellas se ruborizaron.
—¿Y cómo es que estas rosas del valle, estas cerecitas maduras, no quieren bailar en una noche como esta?