La aldea perdida

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—D. Félix, ya no puedo más. Busque otra pareja porque he trajinado todo el día y mis pobres piernas se están llamando á engaño.

El capitán agradeció la hipocresía y tomándola cariñosamente de la mano, la condujo otra vez al lado de Demetria. Entonces fué cuando acertó á ver entre la muchedumbre la negra silueta de D. Prisco, el cura de la parroquia. Se fué como un cohete hacia él.

—¡Pero estaba usted aquí y no me avisaba! Vamos allá.

—Vamos allá —respondió sordamente el clérigo, que era un hombre de poca menos edad que él, bajo, rechoncho, nariz gorda y ojos saltones.








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