La aldea perdida

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El capitán se colocó en fila con los demás y se puso á bailar con tal primor y tan concertadamente que pocos entre los jóvenes pudieran competir con él. Y en verdad que era espectáculo raro y gozoso á la vez el contemplar á aquel anciano moverse con tal agilidad y donaire. Ninguno más suelto y elegante. La precisión y cadencia de sus pasos eran tan perfectas que en esto, ya que no en el brío, sacaba ventaja á los demás. Los jóvenes palmoteaban. Á algunos viejos se les saltaban las lágrimas recordando sus tiempos de juventud. El tío Goro decía sentenciosamente dando chupetones á su pipa:

—¡Éste es el baile antiguo, muchachos!… Así se bailaba en nuestro tiempo. Miradlo bien… Reparad los pasos… Eh, ¿qué tal?… ¿Pierde alguna vez el compás don Félix? La moda que habéis traído de Langreo será muy linda en verdad, pero á mí no me agrada porque con tanto salto y tanto taconeo más que bailando parece que estáis trillando la mies.

Así habló el tío Goro de Canzana, y el coro de viejos y viejas que le escuchaba aplaudió calurosamente su discurso.

Sin embargo, el anciano capitán sudaba ya por todos los poros del cuerpo. Sus fuerzas mermaban á ojos vistas. Mas antes que confesarlo hubiera caído exánime á los pies de su pareja. Ésta vino en su ayuda con gracioso disimulo.


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