La aldea perdida
La aldea perdida —Mucho te quiere el capitán, Florita —le decÃa aquélla con sonrisa ambigua; la misma sonrisa que se pintaba en el rostro de las otras tres mujeres que con ella estaban sentadas.
—¿Por qué me ha de aborrecer? Nunca le hice daño —respondió la joven con presteza.
—Tampoco yo le he hecho daño, y no me quiere tanto.
—Será porque no le ha caÃdo usted en gracia. Como dicen que se ocupa usted en fisgar todo lo que sucede en su casa, quizá por eso no la quiera tanto.
El dardo fué certero y lanzado con vigor. En efecto, el hórreo de la tÃa Rosenda, próximo á la morada de don Félix por la parte de atrás, era cómoda atalaya desde donde la vieja espiaba noche y dÃa. Una verdadera pesadilla para el capitán. Más de cien veces habÃa querido comprárselo: le ofreció un precio exorbitante; le ofreció construirle una casa. La bruja no consintió jamás en trasladarse. Aquel espionaje constituÃa el mayor, quizá el único atractivo de su vida.
Se mordió los labios con ira y respondió:
—Por eso, porque lo fisgo todo sin duda he sabido que te regala pendientes de perlas y te da palmaditas cariñosas en la cara.
La morenita se revolvió como si la hubiese picado una avispa.