La aldea perdida

La aldea perdida

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—Mire usted lo que dice, tía bruja, porque si usted vuelve á insultarme, aunque tenga pacto con el demonio y salga los sábados á chupar la sangre de los niños, le juro por la mía que le arranco la lengua.

Las mujeres se apresuraron á intervenir para calmarla. Demetria también hizo lo posible.

—No lo tomes por donde quema, mujer —manifestó Elisa, la joven sabía que poseía el arte de persuadir. —Se pueden hacer regalos y caricias sin ninguna mala intención. Todos sabemos en Entralgo que D. Félix te quiere como una hija.

La compostura no agradó á la irritada zagala, que iba á responder con acritud; pero en aquel momento dos mozos gallardos se aparecieron de improviso, dando cortésmente las buenas noches. Jacinto de Fresnedo estaba delante de ella y Nolo de la Braña frente á Demetria. Detrás se percibían esfumadas en la sombra las siluetas de quince ó veinte monteras que cobijaban las cabezas de otros tantos jóvenes de los altos de Villoria. Su llegada produjo cierta sensación en los grupos cercanos, pero muy particularmente en nuestras zagalas, que hicieron un movimiento de sorpresa.

—¡Jesús, qué diablos de hombres! ¡Me habéis asustado! —exclamó Flora pasando instantáneamente del enojo á la risa.


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