La aldea perdida

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Demetria no dijo nada, pero clavó sus grandes ojos límpidos en Nolo con expresión amorosa. Éste la miró también con tímida adoración. Ambos se ruborizaron y en un rato no supieron qué decirse.

—Habéis llegado un poco tarde —dijo al cabo la niña suavemente. —Más de la mitad de aquel montón de árgoma se ha quemado ya en la hoguera: Celso ha disparado una nube de cohetes y los bailarines andan cerca de rendirse.

Su voz era dulce, pastosa: su modo de hablar grave y sosegado, trasmitiendo á los demás la calma que reinaba en su espíritu.

—Desde la Braña hasta aquí hay algunos pasos —respondió Nolo con parecido sosiego. —Tuve que bajar de la cabaña un carro de yerba y cenamos tarde… Además, mi madre tampoco hoy quiso dejarme marchar sin el rosario.

—Ha hecho bien. Faltar á las oraciones por divertirse es doble pecado… ¿Y tu madre y tu hermana vendrán mañana?

—Las dos me encargaron para ti muchos recuerdos. Mi hermana quería venir á la misa, pero tiene á su niño un poco enfermo y acaso no podrá. Me ha dado este escapulario para que le hagas el favor de tocarlo á la Virgen.

Demetria tomó el rollito de papel donde venía envuelto y lo guardó en su seno.


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