La aldea perdida
La aldea perdida Por fin llegó el otoño. El tÃo Goro retiró sus vacas. Nolo no pudo resistir más. Un sábado por la noche salió de casa, bajó rápidamente el camino de Entralgo, subió á Canzana y después de rodear algunas veces la casa del tÃo Goro y cerciorarse de que aún estaban levantados, llamó quedo á la ventana de la cocina y comenzó á hablar disfrazando la voz, como hacen allà los mozos cuando salen de noche á galantear.
El tÃo Goro se habÃa retirado á descansar. No estaban en la cocina más que Felicia hilando y Demetria concluyendo de limpiar la vajilla y colocarla en su sitio.
—¡Calla!… ¿Ya tenemos quien nos ronque á la puerta? —exclamó Felicia levantando la cabeza sorprendida y mirando á su hija con sonrisa maliciosa.
Ésta se puso encarnada y replicó con enfado:
—¡Qué está usted diciendo, madre! Será algún vecino que se haya equivocado.
—No, no; es á ti á quien han llamado.
—Demetria, Demetria —dijo la voz de afuera.
—¿Lo oyes?… Abre, hija mÃa, abre á ese galán, que acaso venga de lejos y tenga necesidad de descansar un rato —manifestó la madre rebosando de orgullo.
—Yo no abro, madre. El que está ahà afuera sin duda quiere reirse de mà porque soy niña.