La aldea perdida
La aldea perdida —Demetria, abre y dame un poco de agua, que tengo sed y estoy rendido —dijo Nolo con vozarrón de falsete.
—¡Pobrecillo! ¿Por qué no le hemos de abrir? —exclamó Felicia. Y levantándose de su tajuela y con la rueca sujeta á la cintura á guisa de lanza, se dirigió á la puerta y la abrió.
—¡Nolo!… Pero ¿eres tú?… ¡Cómo habÃamos de pensar!…
Demetria, de pie en medio de la cocina, se puso tan colorada que parecÃa imposible ponerse más. Sin embargo, Nolo se puso aún más que ella. La tÃa Felicia los miró á entrambos con gozo y fué á sentarse de nuevo en su tajuela. Los jóvenes se sentaron á la par en el escaño y en voz baja y con largos intervalos de silencio comenzaron á hablarse, uno y otro tan tÃmidos que en la hora que asà estuvieron no se miraron una vez á la cara.
Al sábado siguiente volvió Nolo también, y al otro, y al otro; en fin todos los sábados. No hubo necesidad de declaración de amor: el amor se habÃa declarado por sà mismo.
Cierta noche, al despedirse á la puerta, Demetria entregó al mancebo un pequeño envoltorio de papel y le dijo con voz temblorosa:
—Toma; pero júrame que no has de abrirlo antes que llegues á la Braña.