La aldea perdida
La aldea perdida Nolo juró y cumplió su juramento. Llega á su casa media hora antes, sube á su cuarto, enciende el candil y abre el envoltorio. Dentro estaba la cinta del justillo de Demetria, una cinta encarnada con sus herretes dorados en los cabos. Este es el grande y tierno testimonio que las nobles doncellas asturianas suelen dar de su amor. Nolo, embargado de emoción, durmió con él debajo de la almohada y en la primera romería llevó la preciada cinta colgada de los botones de su chaleco.
Jacinto no era tan afortunado en sus amores. La vivaracha Flora le hacía sufrir crueles tormentos; mostrábase con él indiferente, desdeñosa; rechazaba con empeño todos los obsequios que el amartelado mancebo le prodigaba.
—Á ti no te parecerá, como á Demetria, que hemos llegado tarde —manifestó Jacinto dirigiéndose á ella con sonrisa triste.
—Tú lo has dicho. Á mí me parece que habéis llegado demasiado pronto. Toda la tarde me han picado las moscas.
—¿Es que yo soy una mosca, Flora?
—No, tú eres un moscón; no picas pero zumbas, zumbas sin cesar y me mareas.
—¿Quieres entonces que me esté callado?
—Sí, estate calladito y no me digas las simplezas que me ensartaste el día pasado en Rivota.