La aldea perdida
La aldea perdida Jacinto bajó la cabeza y permaneció en pie y silencioso. Su rostro terso de adolescente expresaba profunda tristeza. Ambos, callados y taciturnos, contemplaron largamente la hoguera que Linón atizaba pausadamente.
Pero la morenita concluyó por impacientarse de este silencio.
—¿Por qué no bailas, Jacinto?
—Porque á mà sólo me apetece bailar contigo.
—Pues entonces puedes sentarte y esperar, porque va para largo.
—¿No me quieres por pareja?
—SÃ, pero más tarde… el dÃa en que principies á afeitarte.
—¡Qué picante eres, Flora! —exclamó el zagal poniéndose colorado.
—¿No ves, querido —manifestó la muchacha soltando una carcajada, —que con esa carita tan blanca y sonrosada va á parecer que bailo con otra mujer disfrazada?
El mancebo se sintió herido en lo profundo del alma y guardó silencio. Al cabo de un rato Flora le clavó una mirada entre compasiva y maliciosa y dijo sacando de la faltriquera un puñado de avellanas tostadas y ofreciéndoselas:
—Toma: come esas avellanas, á ver si se te quita el enfado.
Jacinto las rechazó con digno ademán.