La aldea perdida
La aldea perdida —¿No las quieres?… Bien, pues harás que coja un empacho, porque llevo ya comido un celemÃn de ellas.
Y se puso á cascarlas con sus blancos y menudos dientes.
—No sé por qué te enfadas —prosiguió al cabo de un instante. —Ya debÃas estar acostumbrado á mis cosas… Tú, Jacinto, te empeñas en comer los higos cuando están verdes y ¡claro!, no tiene más remedio que saberte agrios.
—¡Eres tan despreciativa, Flora!
—¡Mejor que mejor! ¿No has oÃdo cantar á los ciegos esta copla:
Morena tiene que ser
la tierra para claveles,
y la mujer para el hombre
morenita y con desdenes?
Y riendo como una loca se puso á charlar con su amiga Demetria, dejando al buen Jacinto afligido y hechizado al mismo tiempo.