La aldea perdida
La aldea perdida Las horas se iban deslizando. Algunas familias de Canzana comenzaron á desfilar. La tÃa Felicia vino á proponer á Demetria la marcha porque ya era tarde y además le parecÃa que no tardarÃa en haber bulla. Al cabo de un instante también se presentó D.ª Robustiana, el ama de gobierno del capitán, con la misma canción, que iba á haber bulla. Y se llevó apresuradamente á Flora.
¿Por qué iba á haber bulla? Por lo de siempre, por la iniciativa de los más ruines y cobardes. Jamás se diera el caso de que Firmo de Rivota, ni Toribión de LorÃo, ni Nolo de la Braña ni Celso de Canzana, ninguno, en fin, de los héroes gloriosos que brillaban en los combates provocase la pelea. Esta odiosa misión parecÃa encomendada á algún chicuelo insolente, á algún despreciable zagal que después de prender fuego á la mecha solÃa desaparecer como si le hubiese tragado la tierra.
Y esto sucedió entonces. Un mancebillo de Rivota saltó al cabo por encima de la hoguera y después de saltar gritó con voz recia: «¡Viva LorÃo!».
Un estremecimiento de susto corrió por toda la plazoleta. La inquietud y el malestar se pintaron en todos los semblantes.
Otro chicuelo de Canzana hizo inmediatamente lo mismo y gritó con voz más recia aún: «¡Viva Entralgo!».