La aldea perdida
La aldea perdida Tales y más crueles aún eran las palabras que salÃan de la boca de aquellos guerreros orgullosos. Yo las oà desde mi lecho infantil, donde manos maternales me habÃan confinado contra mi voluntad desde bien temprano. Las oà y mi corazón quedó traspasado de dolor porque he nacido en Entralgo, vergel precioso que dos rÃos fecundan. Las lágrimas saltaron de mis ojos y mordÃa las sábanas con rabia, ansiando llegar á hombre para vengar la afrenta de los mÃos.
También las oyó Nolo, el intrépido y glorioso guerrero de la Braña. Bajaba con sus compañeros de retorno la cuesta de Canzana.
—Escuchad —dijo quedando inmóvil con el oÃdo atento. —¿No oÃs los gritos y risotadas de esos peleles? Seguro es ya que han logrado meter á los de Entralgo en sus casas.
Y permaneciendo un instante pensativo, añadió:
—Aunque estemos picados con los de Entralgo, al fin son nuestros compañeros y lo han sido siempre. ¿Queréis que vayamos á esperar á esa canalla y les calentemos un poco las espaldas?
—¡SÃ, Nolo! —clamaron todos á una voz.
—¡Adelante! —gritó entonces el mozo de la Braña lanzándose con Ãmpetu por la calzada pedregosa.