La aldea perdida

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Al cabo la leche quedó mazada: la pelota de manteca batía ya con fuerza las paredes del odre. Lo desató, extrajo el aire y anudándolo otra vez y lavándose después los ojos para borrar las huellas del llanto, emprendió la vuelta de su casa.

Ya estaba en pie Felicia cuando llegó á ella.

—¿Por qué no me has llamado como siempre, picarona? —le preguntó, dándole una palmadita cariñosa en la mejilla.

—Porque ayer se ha acostado usted tarde y quería que descansase —respondió Demetria besándole la mano.

—¡Has mazado también, hija mía! ¿Para qué te has tomado ese trabajo? Yo lo hubiera hecho mientras te arreglabas.

La tía Felicia, que era una mujer gruesa, mofletuda, sonrosada y tersa como si tuviese veinte años, creyó advertir algo extraño en el rostro de su hija. La miró con fijeza y profirió asustada:

—¡Tú has llorado!

—Llorar, ¿por qué?

Felicia la tomó por la mano, la condujo hasta el corredor y repitió con más fuerza:

—Sí, sí: tú has llorado.

—No, madre, no: se engaña usted —respondió Demetria sonriendo.


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