La aldea perdida

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—No me lo niegues, hija. ¿Te ha regañado tu padre?

—¿Mi padre? —replicó la zagala con asombro. —Mi padre no me regaña nunca.

—Es verdad… Pues tú has llorado… Algo te pasó entonces en la calle… Cuéntamelo, hija mía… ¿No tienes confianza en tu madre?

Y al mismo tiempo le pasó los brazos al cuello y la besó con efusión. Demetria se sintió enternecida y rompió á llorar perdidamente.

Felicia quedó estupefacta.

—¿Cómo? ¿Qué es esto?… ¿Qué te pasa, hija querida?

Y la buena mujer, con el rostro contraído por el asombro y el dolor, le sacudía la mano para instarla á que hablase. Al fin, con voz entrecortada por los sollozos, Demetria habló:

—Me han dicho que no soy… que no soy hija de usted… que soy del hospicio.

Lo mismo que le había pasado á su hija poco antes, toda la sangre de la buena Felicia fluyó al corazón. Quedó igualmente pálida y sin poder articular palabra.

—¿Quién te ha dicho eso? —logró proferir al cabo.

—Pepín.


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